¿Acaso los conejos llevan gafas?

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Nombre: barbaescasa lamas la piña (de origen noble)
Lugar: pirates town, centollo´s island, Bahamas

sé leer y escribir y sumar sin usar los dedos. echarme cuescos con el sobaco y hablar eruptando, aunque no hago excesivo ruido a la hora de comer y sé reconocer cuando los demás no tienen razón.un gran partido para su hija, señora!!!!

18.12.05

El reflejo

Subía las escaleras para casa, feliz porque mis padres se iban a la aldea, y me quedaba sólo con Eneko. Lo tenía todo preparado, paquetes de tabaco sin abrir, patatas para freir, y unas películas que me habían devuelto. Al llegar al quinto, miré hacia arriba, y ví que los obreros que me estaban arreglando el tejado, habían dejado sus cosas en la puerta del desván. Yo ya había hecho mis pinitos como arreglador de tejados (y después de mis "obras" nunca tantas goteras había tenido), y si tal, luego subía a ver cómo les iba quedando. Metí la llave en la cerradura de casa, y dió las mismas vueltas que le había dado al salir, así que lo más seguro era que estos ya no volvieran por aquí y se fueran directamente para la aldea.

Tenía un hambre de mil demonios, así que entré en la habitación como pude, aparté un poco la cama, encontré el cassette y me fuí a la cocina a pelar patatas. Pero al abrir la puerta de la cocina un olor muy fuerte atacó mi nariz. Y ahí estaba Eneko, maullándome avergonzado y bajando la cabeza.
-¿Qué has hecho?¿Dónde te has meado?
Mierda. Abrí la alacena debajo del fregadero y vaya peste. Se había meado en la caja de las patatas. Cuando se enterara mi madre nos iba a matar. Mi cena. Ya no sabía si matarlo yo ahora. Saqué la caja con cuidado para no mancharme, pero me mojé las manos igual. Eneko me maullaba como si estuviera loco. Puse la caja encima de unos periódicos, y lo metí todo en una bolsa grande. Fuí al servicio a lavarme las manos, mientras me cagaba en todos los santos. Eneko debió seguirme, porque por el rabillo del ojo ví reflejada en el espejo la cortina de la ducha, que se movía, y pequeñitos ruidos dentro de la bañera. Siempre se iba a beber a todos los sitios menos a su plato. Las cortinas se movían hacia abajo, seguro que porque el gato las había enganchado con las uñas. Así que sí, ¿eh? En cuanto me seque te voy a enseñar yo a arañar cortinas. Y a mearte en las patatas. Te vía ahogar en la bañera. Cerré el grifo y escuché las llaves en la puerta. Me volví para sacar a Eneko de la bañera (otro motivo para que mi madre nos matara), pero el gato ya debió de darse cuenta, porque había dejado de moverlas. Extendí el brazo para descorrer las cortinas y sacarlo, cuando lo ví en el pasillo, dirigiéndose a la puerta de entrada, maullando. Me quedé paralizado. Si Eneko estaba en el pasillo, ¿quién movía las cortinas?¿el aire? Lentamente mi mano tocó la cortina, y entonces Eneko se volvió hacia mí en el pasillo, se erizó completamente y lanzó un maullido bajo y prolongado, mirando hacia la cortina, dando un par de pasos hacia atrás. Escuchaba las llaves dando la última vuelta en la cerradura. Eneko bufaba ahora. Lentamente alejé la mano de la cortina, y una sensación de miedo me hizo dar un paso atrás y apoyarme en el lavabo, mientras intentaba distinguir alguna forma dentro de la bañera. Empecé a pensar que alguien había entrado en casa y que se había escondido allí. Mi madre abrió la puerta de la calle. No puedo ni imaginarme lo que debió pensar al vernos. Eneko que ni le hacía caso mirando hacia el baño, totalmente erizado y bufando, y yo con cara de flipado y mirando a la bañera.
-¿Qué haces?
La voz de mi madre me sacó de mi miedo. Todo parecía una tontería y el propio Eneko se giró hacia ella y al verla salió pitando hacia la cocina. Fue como si nos hubieran despertado de una pesadilla idiota. Dí un paso y descorrí la cortina con fuerza dispuesto a darle una paliza a cualquier ladrón muerto de hambre que se hubiera escondido en la bañera. Pero no había nadie.
-¿A qué huele aquí?-Oh, mierda, pensé.

Mi madre pilló un rebote del quince, y con razón. Me dijo que ya podía ir a capar al gato porque lo que estaba haciendo era marcar el territorio, y que si no lo capaba, lo llevaba para la aldea, que en casa no podía estar así y bla bla bla bla bla... Yo le decía a todo que sí. ¿Qué más podía decir? La verdad es que tenía razón, pero me cabreaba que no parara de encontrar cosas malas que soltarme sobre el gato. Y mientras, Eneko escondido en la terraza, totalmente calladito. Mi madre no paraba de hablar y hablar.
-Bueno, qué, ¿para qué has subido?- le tuve que decir.
-Para recoger mi abrigo, que lo dejé en la sala.
-Pues venga. Cógelo y márchate. Ya arreglaré yo esto.
Fui detrás de ella por la casa, y me quedé contra la puerta de la sala, mirando a mi madre por el reflejo del espejo del pasillo. En el sillón al lado de la ventana había un abrigo tirado de cualquier manera, que abultaba bastante. Mi madre lo cogió y volvió a salir al pasillo.
-Dame la bolsa de la basura.
-Ya la bajo yo.
-No seas orgulloso, dáme la bolsa.
-Que ya la bajo yo luego, que he quedado y tengo que bajar igual.
-Bueno, no dejes salir al gato de la terraza.
No respondí y le abrí la puerta a mi madre. Al momento ya me estaba arrepintiendo de no haberle dado la bolsa de la basura.
-Ten sentidiño, ¿vale?
No sé qué tontería le respondí y cerré la puerta. Sí, le tendría que haber dado la bolsa con las patatas, porque no tenía ganas de bajar luego. Maldito orgullo.

Aún con la mano en el pomo, me volví hacia el cuarto de baño. Lo de antes tuvo que haber sido una tontería. Eneko habría salido de la bañera antes de que yo lo viera. ¿Pero porqué bufaría?
Empecé a andar hacia el cuarto de baño. La puerta estaba abierta y la cortina volvía a tapar la ducha. No recordaba haberla cerrado, pero tampoco lo contrario. Qué silencio. La adrenalina nacía desde mi estómago y empujaba mis pies hacia el baño, aunque mi cabeza no estaba tan segura. Descorrí la cortina rápidamente y no había nada. Me volví y me apoyé en el lavabo. Me miré en el espejo y empecé a ponerme caras. Era divertido, y liberaba tensión. Pero pronto no podía dejar de mirar en el reflejo, a la bañera. Un pensamiento infantil y miedoso esperaba que algún zombi se levantara detrás de mí. Procuré que el miedo no me paralizara y salí rápidamente del baño. Se estaba haciendo de noche y tuve que encender la luz del pasillo. El gato me llamaba, encerrado en la terraza. Abrí la puerta de la cocina y después la de la terraza. Eneko seguía maullándome y fui a echarle comida. Después tuve que ir a la nevera para ver qué había para mí. Bueno, pan bimbo y mantequilla para unas buenas tostadas. Eneko salió de la terraza y quiso meterse en la nevera. Lo levanté en el aire cogiéndolo de la piel y lo tiré a un lado. Después empecé a sacarme las botas y él empezó a morderme los cordones. ¿Quieres guerra, eh? Estuvimos jugando tirados en el suelo un buen rato. Me senté en el suelo apoyado contra la nevera y empecé a boxear con el gato. Y de repente él paró, y se puso a mirar por encima de mi hombro, a la puerta de la cocina. Ya estaba, el zombi estaría acechando y en cuanto yo me diera la vuelta lo vería, sin pestañas, y con sus manos huesudas amenazándome. No me atrevía a girarme y ver si de verdad estaba lo que me imaginaba. Eneko no paraba de mirar hacia la puerta. Yo contenía la respiración. Eneko saltó hacia la puerta y una mosca esquivó el zarpazo. Me volví rápido y allí no había zombi alguno, sólo un gato juguetón y un insecto que revoloteaba y se cagaba en los muertos del gato. La verdad es que el fantasma de la bañera empezaba a defraudarme, y Eneko ahora pasaba de mí, y se divertía intentando cazar la pobre mosca. Cogí una mandarina del frutero y me fuí a la habitación. Aparté la cama para poder sentarme enfrente al ordenador, y me puse un poco de música mientras pelaba la mandarina con total parsimonia.

Fumé y estuve tocando la guitarra hasta que se me rompió una cuerda. Me tiré en cama y fuera empezaba a llover. Me acordé de las goteras y pensé que quizas los tipos del desván ya se habían ido a su casa. Me calcé otra vez, cogí la bolsa de la basura, la bajé al contenedor y a la vuelta, subí al desván. No estaba cerrado, pero tampoco parecía haber nadie. No se veía nada y encendí el mechero, pero la llama me cegaba más que otra cosa, y si levantaba el brazo para apartarlo de los ojos, chocaba contra el techo. Guardé el mechero y saqué el móvil del bolsillo. La pantalla y las teclas alumbraban lo suficiente. Bien, bien, lo habían dejado perfecto, igual de bajito, pero perfecto. Uralita nueva y vigas nuevas, en vez de aquellas de madera que se movían con la cabeza. Me adentré más y ví que había bastante claridad. Me metí en la siguiente habitación y habían puesto uralita transparente. Las luces de la calle iluminaban lo justo, y émpecé a meterme el móvil en el bolsillo, pero tropezó con mi chaqueta y se me cayó al suelo, justo debajo de la transparente. Veía poco, pero me agaché y empecé a palpar, buscándolo. En poco tiempo mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y la luz de fuera me bastaba. El móvil estaba casi al fondo, entre el techo y el suelo, y como el ángulo se estrechaba cada vez más, tuve que tirarme completamente para cogerlo. Lo agarré justo cuando algo me tapó la luz. Me levanté rápidamente y una viga me dió en la cabeza. Me impresionó el ruido que hizo contra mi craneo. Caí hacia atrás, debajo de la uralita transparente. Me tapé la cabeza con las manos y me retorcí por el suelo. El móvil me volvió a caer. Cómo dolía, en serio. Toqué y parecía que no había sangre. Me senté en el suelo y estaba completamente atontado. No veía nada. Entonces volvió la luz de la calle, miré hacia arriba rápidamente y me pareció que una sombra desaparecía por el lado de fuera del tejado. Empecé a sentir un miedo increible, y un escalofrío bajó desde el golpe de la cabeza hasta los meñiques de los pies. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Realmente había algo?¿Me iba a quedar a averiguarlo? No. Mi mano tropezó con mi móvil, lo cogí y empecé a gatear a toda ostia hacia las escaleras. El golpe me latía mientras cerraba la puerta del desván y llegaba hasta la de mi casa.

Entré en la sala, abrí la persiana y miré hacia arriba. Nada. Y abajo menos. Ni un alma en las calles. Volví a la puerta y eché los tres cerrojos. Apagué la luz del pasillo e intenté ver por la mirilla si alguien bajaba del desván. Nada. Nadie subía ni bajaba para ningún lado. Volví a encender la luz del pasillo y me ví en el espejo y me empecé a reir. Jajaja, un hombretón como yo y estaba completamente cagado. Apagué la luz otra vez y me reté a mirarme en el espejo con la única luz que venía de la ventana de la sala. Durante un rato estuve pensando en espíritus y otros entes raros, y los desafiaba con la mente a que se me aparecieran en la oscuridad, porque este hombretón les iba a dar una paliza de muerte. Justo en el instante en que mi miedo me abandonaba completamente, miré en el reflejo hacia la sala y me fijé en un bulto que había tirado de cualquier manera en el sillón de al lado de la ventana. La oscuridad me engañaba y mi imaginación empezó a darle forma al bulto hasta convertirlo en una persona sentada y mirándome. Pero es que ahora parecía de verdad una persona. El miedo volvía. Luché conmigo para intentar convencerme de que ahí no había nadie. De que Eneko era el que estaba en la bañera, y de que una gaviota o algo parecido estaba en el tejado. Y de que en la sala sólo estaba el abrigo de mi madre... el abrigo que se había llevado para la aldea. Justo cuando iba a encender la luz, vi por el espejo algo que se levantaba del sillón. La persona que yo había creado, estaba ahí realmente. No había sido mi imaginación, estaba levantándose y venía hacia mí. Ni pude encender la luz. Salí corriendo hacia mi habitación, salté por encima de la cama, la cogí por el otro lado y la empujé hacia la puerta, cerrándola. Eso aquí ya no entraba. Me tiré en suelo debajo de la ventana, en el punto más lejano de la puerta y busqué mi movil. Empecé a teclear el teléfono de la policía. Me llevé el movil a la oreja, pero no pasaba nada. Lo acerqué a la luz de la calle y ví que estaba apagado. Intenté encenderlo, pero nada. Sin muchas ganas, me acerqué a la puerta para darle al interruptor de la luz. Pero tampoco se encendía. Le dí arriba y abajo tantas veces que parecía que lo iba arrancar. Y algo golpeó la puerta desde el otro lado. Un bum enorme, y luego otro más grande. Salté al otro lado de la cama y puse mis pies contra el somier y la espalda contra la pared. No podía dejar que la cama se moviera, aunque de todos modos, lo que estuviera golpeando desde el pasillo no sabía lo que era un pomo. Empecé a gritar auxilio como un loco, para que alguien, un vecino o un peatón me escucharan. Con una piedra de cuarzo que me decoraba realmente bien la mesa, empecé a golpear el suelo para que los del 4º se hartaran y subieran. Acabaron los golpes en la puerta, y yo también paré. Entonces empecé a escuchar a Eneko, maullando fuera en el pasillo, después un maullido grave y largo y después un bufido. Después ya no escuché nada. Sí, algo que se estrellaba contra la pared una y otra vez. Luego se caía al suelo. Silencio. Aquello me había matado a Eneko. Lo habría cogido y le habría roto la cabeza contra la pared. Ni me moví. Empecé a llorar como un niño durante un buen rato. Me tapé la cara con las manos y mientras apoyaba la frente en las rodillas, desee dormirme y que mañana sólo fuera una maldita pesadilla.

A las pocas horas levanté la cabeza. Me dolía el golpe y parecía que tenía resaca. Estaba tirado en el suelo, y la cama ya no estaba contra la puerta, sino en su posición natural, es decir, en cualquier otro lado. Miré el móvil y estaba encendido, al igual que el ordenador. Parecía que lo único que estaba mal era yo. Me acerqué a la puerta y le dí al interruptor. Luz. Bien, soy un gilipollas con pesadillas. O en su defecto, alguien había entrado en mi habitación separando la cama de la puerta, sin que yo me enterara. Me inclinaba por lo primero. Eché la mano al pomo y lo giré completamente muy despacio. Más despacio todavía, tire de la puerta hacia atrás. Ninguna mano de zombi me atacó ni ninguna cabeza rara salió de golpe desde el pasillo. Estaba todo oscuro y fui a encender la luz para poder llegar a la terraza y ver cómo estaba Eneko. Pero al dar dos pasos pisé algo blando y caí. Escuché que algo se revolvía en el suelo y un maullido lastimero salía de él. Intenté tocar a Eneko y mis manos resbalaron en un charco de algo y en la cabeza del gato totalmente mojada y caliente. En el desván escuché pisadas rápidas que salían a las escaleras. No, no, no, no. Me levanté lo más rápido que pude y cogí a Eneko, que por lo menos todavía se quejaba. Las pisadas ya llegaban a la puerta, y yo sólo pude pensar en la terraza. Doblé corriendo hacia la cocina mientras pensaba que si aquello había estado en mi habitación, ¿para qué volvía? ¿Qué me quería? Desde luego, viendo el estado de Eneko, nada bueno. Llegué a la terraza y abrí las ventanas. A metro y poco a la izquierda y otro tanto hacia abajo estaba el tejado del otro edificio. Eneko ya sabía lo que era volar, y me acordé que de aquella ya había demostrado tener la cabeza muy dura. Lo lancé hacia el tejado y cayó de lado, pero bien. Oí la puerta de la cocina abrirse. Puse un pie en el alfeizar y luego el otro. Me agarré al aluminio y me entró vertigo. Miré hacia Eneko, que estaba intentando ponerse de pie. Escuché la puerta de la terraza, miré hacia abajo y los cinco pisos que me separaban del suelo, luego otra vez hacia Eneko, que sólo estaba a un metro. Algo tras mi espalda me quería coger. Cogí impulso y salté. Caí en el otro tejado y la humedad y la inclinación me hicieron resbalar hasta la canaleta, donde apoyé un pié. Me volví hacia mi terraza y allí no había nadie. La canaleta se partió y empecé a caer. Mis piernas quedaron en el aire y después me corté el culo y la espalda con el borde de la tubería rota. Y a pesar del inmenso dolor, sólo pensaba en que el suelo se acercaba cada vez más y más rápido. Noté mis huesos salirse de las piernas, mis brazos quedar incrustados en mis costillas y mi craneo explotar. Y todo haciendo un ruido enorme. Lo último que pude pensar fue que me había cargado el suelo.

15.12.05

Cuaderno de bitácora de Isabel Preysler

Hola, querido diario. Hoy tuve una visita inesperada. Por suerte, siempre tengo a mano mis ferrero roxé, y acabó siendo una velada fascinante. Ambrosio nos preparó filete de ferrero, y después siguió limpiando la porcelanosa. Mi fascinante invitado era Carlos Vives, y estuvimos hablando de esa vida suya tan fascinante que tiene, y esas vivencias tan fascinantes que ha vivido. Me relató que una canción suya, La gota fría, tenía otra letra cuando la compuso, pero tuvo que cambiarla porque parecía demasiado infantil. Yo no podía dejar de escucharlo totalmente fascinada. Le pedí que me la cantara, y así lo hizo, mientras me escupía restos de avellana de los ferrero, y me dejaba la porcelanosa un poco guarrilla. Fue casi una experiencia religiosa, y he procurado acordarme de ella para anotártela, querido diario. La verdad, los cambios fueron mínimos, y a mí me fascinó. Bueno, querido diario, me tengo que ir, que Chabeli empieza ahora con su sesión de latigazos a Ambrosio, y la tengo que supervisar. Aquí te dejo la otra versión de la canción, porque me tiene totalmente fas-ci-na-da. Hasta mañana, querido diario.
Acordate Moralito de aquel día
que te fuiste a ver la novia y había uno en su cama
me lo viniste a contar
y yo me reía en tu cara (bis)
Tienes el pito pequeño
es lo que tu novia dice (bis)
pero volviste con ella
pa no tener que matarte a pajas (bis)
¿Qué tiene él que con ella volvió?
si no aguanta media caña (bis)
ay Morales, qué tía más buena
no os doy ni una semana
Moralito qué tía más buena
no me pongas esa cara
Qué cultura, qué cultura voy tener
si de niño no salía de los bares
qué cultura voy tener
vomitando en los portales (bis)
Morales mienta a mi mama
solamente pa joder (bis)
mi mama no me la mientas
que te clavo un cincel
mi mama no me la mientas
te tiro a la vía del tren
¿Qué tiene él que con ella volvió?
si no aguanta media caña (bis)
ay Morales qué tía más buena
no os doy ni una semana
Moralito, qué tía más buena
no me pongas esa cara
Moralito, Moralito me decía
que a su novia nadie se la iba a trincar
y cuando nos vió follar
le cayó la gota fría (bis)
y es que no la compartía
y el tiro le salió mal (bis)

6.12.05

Cuando perseguíamos jabalíes...

Esta historia no es ninguna idiotez, porque hoy soñé con una chica que se llama Belén, y me levanté algo triste. Cuando era más chaval, iba todos los fines de semana a la aldea, que son cuatro casas en medio de un valle, rodeadas de tojos y con bostas por el suelo. Un día mi hermana Judhit vino con otra niña que debía tener 9 años o así, uno menos que yo, en cualquier caso. Me venían a buscar para jugar al escondite, y yo no quería, porque estaba muy feliz jugando a la megadrive. Pero allá fuímos los tres. Dando la vuelta a nuestra casa, nos esperaban Juan, un chaval que vive allí, y un niño rubio, muy delgado, que me miró con cara de odio, apoyado en la pared, y con un pié encima del balón más cotroso que he visto en mi vida. Yo todavía no sabía cómo se llamaban estos dos chavales, que al parecer eran hermanos. Así que nos pusimos a jugar al escondite, y yo rezaba para que no me tocara pandar, porque no me sabía sus nombres y no podría pillarlos. Y como era un poco idiota, y el rubio me miraba mal, tampoco se lo preguntaba. Pero por suerte le tocó pandar a Juan, y me dije "bien", por que si yo ya era un hacha jugando al escondite, (y esto es totalmente cierto, si algún día hacen campeonato mundial, me apunto), Juan no era bueno pillando a los demás. Así que el chaval se puso a pandar y nosotros corrimos a escondernos. Yo siempre buscaba escondites desde donde se viera el sitio donde se contaba, que son los mejores porque dominas el cotarro. Así que decidí esconderme en alguno, no me acuerdo cual, sólo sé que llevaba a nuestra nueva amiguita pegada a mí todo el rato. Yo corría y ella me seguía. Y yo me pillo escondites para mí, pequeñitos, así que mientras Juan contaba, yo corría y corría, intentando librarme de la niña esa. Dimos toda la vuelta a la aldea, y al final nos metimos en el medio de las berzas. Allí estuvimos un buen rato, callados. Yo trataba de ignorar a la niña lapa esta. No sé qué pasó al final de esa partida, pero volvió a pandar Juan. Esta vez, mientras se contaba, corrí todo lo que pude para que nadie me siguiera, mientras daba la vuelta a las casas, para volver y esconderme cerca de Juan. Fuí al despiste, pero no había manera. La niña ya no corría detrás de mí, corría a mi lado. Y en dos segundos, ya iba delante. Aquello me encantó. Pero Juan ya había parado de contar, y nos pilló corriendo como idiotas. "Por Belén y por Rafa". Ajá, así que te llamas Belén, ¿eh? Mi hermana ya estaba allí, mientras berreaba que ella se había librado. Juan bajó un momento a buscar al rubio y de repente le salió desde detrás de un cortello la cosa más rápida que había visto en mi vida, lo adelantó, y nos libró a todos. Juan dijo "me cago no Miguel de dios". Muy bien, ya hechas las presentaciones, informalmente, ya sólo nos queda hacernos íntimos, que fue lo que pasó.
La primera vez que fuí a casa de Miguel y Belén, era porque me habían dicho que delante tenían un prado enorme para jugar al fútbol. Pero no era tal y como yo me imaginaba. El prado era perfecto, sí. Pero la casa era lo más triste que había visto en mi vida. Muy, muy triste. Está perénnemente rodeada de barro, tanto en invierno como en verano, la misma puerta por la que entran ellos, entran las dos o tres vacas que tienen, y los cinco o seis gatos. Al lado de la puerta de entrada está la cocina, siempre llena de moscas, con una bombilla amarilla, un arcón que hace de mesa, el fuego en un escalón en el suelo, debajo de la chimenea, (menos mal), una enana cocina de butano, y creo que nada más. Un año o así después de conocerlos, pusieron una tele que siempre se veía mal. Al otro lado de la puerta de entrada, está el cortello, con las vacas a lo suyo. Enfrente, el pasillo se divide entre las escaleras al piso, a la derecha, y el propio pasillo hacia la puerta de atrás, a la izquierda. Arriba dormían ellos, y si abajo ya era triste, arriba era más. Las camas, la madera, todo me decía que yo era un niño muy afortunado, sobre todo cuando no ví cuarto de baño alguno, y sí que ví una tina, en la que se bañaban. Todo esto no lo descubrí el primer día. Con ellos vivían sus padres y sus dos abuelas. De una de ellas casi ni me acuerdo, murió a los pocos meses que yo la conociera. Era muy vieja, y siempre me sorprendía que siguiera viva, sobre todo viendo dónde vivía. La otra abuela estaba ciega, aunque tenía un sexto sentido para saber dónde andaban Belén y Miguel y pegarles bastonazos. La verdad es que todos los bastonazos se los merecían, pero esto lo digo ahora, porque ninguno de los tres éramos angelitos en aquella época. El padre era un auténtico borracho, que fumaba celtas. No trabajaba, de vez en cuando se metía en una especie de cabaña a hacer algo, pero trabajo, ninguno. La madre sí que trabajaba allí. Era como Belén, pero con la edad de mi madre. Y ella lo hacía todo, por lo menos hasta que los hijos cumplieron un par de años más. Pero ella tampoco me acababa de gustar. Siempre estaba hablándome y preguntándome cosas sobre mi madre y mis abuelos. Una cotilla que me idolatraba, no sé porqué, y cada vez que me veía se alegraba y me preguntaba.
El caso es que Miguel era un artista con el balón. Realmente bueno. Y Belén... estaba muy enamorada de mí. Los tres nos dedicábamos a jugar con la pelota, y cuando venía el padre, nos divertíamos más, porque como estaba borracho, era muy divertido hacerle filigranas y verlo pegar patadas al aire y caerse. Él también se lo pasaba en grande, porque no paraba de reir, aunque nunca aguantaba más de un cuarto de hora. Juan y yo vivíamos a diez metros, y en una situación normal sería más amigo suyo, pero nunca quería venirse conmigo a ver a Miguel y Belén, lo cual no me extraña, porque ellos serían geniales, pero lo que les rodeaba... a mí lo único que realmente me disgustaba era los perros que tenían. Ninguno, de los cuatro o cinco que tuvieron, me quiso nunca. No me mordieron, pero yo tampoco les daba motivos. Lo peor era si iba alguna vez de noche a su casa. Ladraban como condenados, y yo siempre tenía que esperar a que alguien saliera a la puerta para poder acercarme.
Pasaban los años y los tres éramos inseparables. Yo siempre estaba en su casa, y rara vez bajábamos a mi aldea, a no ser que vinieran Celia u otros primos, entonces nos juntábamos todos y hacíamos partidas al escondite memorables. Una señora del lugar llegó a decir que Miguel y yo nos teníamos que casar. Y no lo dijo con mala intención, lo puedo jurar. Pero Belén siempre andaba detrás de mí. Mi madre llegó a decirme que tuviera cuidado con ella, porque la verdad es que los dos ya estábamos bastantes creciditos, y supongo que lo dijo porque no quería ser abuela tan pronto. Por cierto, una vez mi abuela nos vió bañándonos en un pilón para lavar la ropa, y subió toda loca hacia la casa, a decirle a mi madre que estábamos desnudos. En realidad estábamos en ropa interior los tres, pero mi abuela es así... Es que cuanto más tiempo pasaba con Miguel, más pensaba yo que , gamberradas aparte, nunca vería persona más buena que él, pero cuanto más tiempo pasaba con Belén, más me asilvestraba. Ella era genial. Las leyes sociales se las pasaba por el forro. Éramos unos ladrones, unos verdaderos bandidos, que sabían perféctamente cómo esconderse de los demás y hacer las mayores trastadas. Prados, ríos, arboredas e pinares que move o vento, nos los recorríamos todos de arriba a abajo, del derecho y del revés. Juan mientras, se dedicaba a pescar con otros chavales, todos geniales, pero ninguno como Miguel y Belén. A nosotros eso nos aburría, preferíamos robar manzanas de algún árbol ajeno, o robarle celtas al padre.
Pero un día Juan y los otros se fueron a pescar, y yo me quedé con los dos hermanos. Era verano y hacía un calor... Así que decidimos que si no íbamos a pescar, iríamos a visitarlos y a tomar un bañito. Ellos no sabían nadar, pero es que hacía mucho calor, y por refrescarse algo en la orilla, no tenían problema. Bajamos al río por un lugar que ninguno de los tres conocía, pero nos daba igual, porque si los otros habían ido por ahí... Tengo que decir que Miguel sólo llevaba un pantalón corto y unos tenis, como yo. La camiseta nos sobraba, y yo de aquella estaba tan escuchimizado que no tenía complejo ninguno, si acaso, de palillo. Pero Belén llevaba un bikini verde clarito, y la parte de abajo era como un culotte, o como se escriba, y me encantó. Nunca había tenido un deseo sexual, o por lo menos nunca sabía lo que era, hasta ese momento. Y en ese momento, creedme, pensé cosas muy cerdas. Belén bajaba delante, abriendo camino, y yo no podía dejar de mirarle la espalda. Tenía un cuerpo precioso. Y creo que me empezó a gustar de aquella, pero no pasó nada, porque a los pocos días, o a los pocos meses, no me acuerdo, conocí a Isabel, que era aún más salvaje que Belén. En realidad era como una versión mejorada, pero eso igual lo cuento otro día. Mientras yo miraba la espalda de Belén, llegamos al río. Y como ni veíamos a los demás, ni los escuchábamos, tiramos hacia la izquierda, porque sabíamos que por ahí se iba hacia un puente por el que pasa la carretera, y si no encontrábamos a los otros, pues subíamos y pirábamos para casa.
El recorrido por el río fue de lo mejor que me ha pasado nunca. De hecho, lo menciono al principio del otro blog, como uno de mis mejores recuerdos. Todo el rato anduvimos dentro del agua, mojandonos los tenis, escalando rocas altas y, lo más importante, ¡descubriendo molinos! El más flipante era uno que estaba al lado de una pequeña caída de agua, y que tenía dos pisos, y aparte el bajo. Cuando entramos en este, vimos que de descubridores no teníamos nada, porque las paredes estaban todas pintarrajeadas y con fechas que eran demasiado próximas. Habían sido los del Val, unos que tenían un par de años más que yo, que iban allí a emborracharse. Cuando tuve edad para emborracharme, me hice amigo de ellos. El molino este me había impresionado, y durante los siguientes años llevé allí a Nes, Vidal, Celia, Eva , Gaizka, Xiana, y a alguno más, seguro. Y si alguien viene algún día a la aldea, también se lo enseñaré. Ese día fue de los mejores.
Isabel se nos sumó al grupo, para desgracia de Belén. A mí me encantaba, y a veces dejaba a todos tirados para ir a buscarla a su casa, porque vivía bien lejos. A veces me enfadaba con Isabel, o ella conmigo, y yo volvía con Juan y los dos hermanos. De la última época que pasé con ellos, recuerdo la muerte de la abuela ciega, cuando nos íbamos a pescar de noche (porque si era de noche, nos parecía más divertido, por aquello de la nocturnidad y la alevosía), y la portentosa caza al jabalí. Resulta que el animalillo se dedicaba a estropearnos el maiz, y debajo de mi casa era donde mejor se lo pasaba. Así que una noche fui con Belén, Miguel y Juan y decidimos pasar la noche en el maizal de debajo de mi casa. Y cuando escuchamos al jabalí, saltamos como locos y corrimos por el medio del maiz, sin palos ni nada, hacia el bicho. El animal nos oyó y salió por patas, mientras nosotros hacíamos verdaderamente el animal por el medio del maiz, destrozándolo todo, enfocando con focos lo poco que veíamos del jabalí, gritando como trogloditas y riéndonos sin parar. Seguimos al pobre animal hasta fuera del maizal, y la verdad es que lo poco que veíamos de él , era bien grande. Y ahí estábamos los cuatro, completamente locos, prado abajo, persiguiendo un jabalí enorme. La verdad es que cuando se escapó, no sé quien fue el primero que dijo que menos mal que no nos hizo frente, por que nos podría haber sido mucha hora. Lo pensamos todos, y era verdad. Entonces a Juan se le ocurrió hacer el capullo con el foco, y gritar que volvía el jabalí, y subió prado arriba como una bala. Nosotros tres no habíamos visto nada, pero no queríamos esperar a ver si era verdad, y subimos más rápido de lo que bajamos. Juan nos esperaba arriba descojonándose.
Pasaron muchas cosas más, sobre todo con Juan e Isabel. Borracheras en la iglesia, visitas nocturnas al cementerio, partidos de fútbol, robos y más robos... Pero Belén se fue a trabajar a As Pontes, yo iba cada vez menos a la aldea, y Miguel, después de un año trabajando en electrónica, se marchó sin un duro a Canarias. Hace cuatro o cinco años, Nes y yo solíamos ir a As Pontes, donde volví a ver a Belén. Seguía exactamente igual, aunque bastante más mujer. Nos estuvo invitando a cubatas, porque era camarera, y yo, quedé con ella borracho, a las seis de la mañana, cuando acabara de trabajar. Pero nos fuimos para casa del primo de Nes, a eso de las cinco y algo, y quedamos desbarrando en la cocina. Cuando el reloj dió las seis, Nes me recordó que había quedado con ella, y yo, totalmente borracho, me empecé a reir de la situación, y me fuí para cama. Cuando tiempo después me fui a Canarias con mi padre, estuvimos a mensajes todos los días. Me alegraba bastante.
La volví a ver más veces trabajando, o de fiestas, pero siempre estaba acompañada, y creo que nunca con el mismo chico. Una de estas veces fue cuando bajamos a As Pontes una vez que Miguel estaba aquí, y nos llevó a Celia, a los gemelos y a mí. La volví a ver dos veces más. Una en Coruña, mientras yo estaba pintando un paso, y ella apareció por una esquina, muy morena, y al momento giró hacia la playa. La estuve mirando todo el rato, pero ella no me vió. Ni me moví, lo cual me jodió bastante. A los pocos meses murió su padre, porque el hígado ya no daba para más. Yo estaba en pleno trabajo de la autopista, y no me atreví a pedir permiso para irle al entierro. Le pedí a mi madre que les diera un beso y un saludo. Mi madre se los dió, y me dijo que Belén también me los mandaba a mí. Miguel no había podido ir porque no tenía pasta para subir desde Canarias, aunque yo sé que le daba casi igual que se muriera. La última vez que la ví, fue el día de navidades del año pasado. Celia y yo habíamos bajado al río a hacer fotos y grabar con el vídeo. Cuando volvíamos le pedí a Celia hacer una paradita en donde ellos vivían. Y volví a ver la casa rodeada de barro, y un perro poco cariñoso salió a recibirme. Miguel salió a la puerta y alejó al perro. Me recibió y entramos. Belén y la madre estaban en la triste cocina. Todos nos alegramos mucho de vernos. Miguel estaba aún más alto que yo, y Belén ya era toda una señora.
Todo esto viene a que hoy soñé con Belén, y me levanté tristón, porque nunca volveré a ser tan libre y salvaje como cuando estaba con ellos y eramos niños o adolescentes. Es algo de lo malo que tiene hacerse mayor.