El reflejo
Subía las escaleras para casa, feliz porque mis padres se iban a la aldea, y me quedaba sólo con Eneko. Lo tenía todo preparado, paquetes de tabaco sin abrir, patatas para freir, y unas películas que me habían devuelto. Al llegar al quinto, miré hacia arriba, y ví que los obreros que me estaban arreglando el tejado, habían dejado sus cosas en la puerta del desván. Yo ya había hecho mis pinitos como arreglador de tejados (y después de mis "obras" nunca tantas goteras había tenido), y si tal, luego subía a ver cómo les iba quedando. Metí la llave en la cerradura de casa, y dió las mismas vueltas que le había dado al salir, así que lo más seguro era que estos ya no volvieran por aquí y se fueran directamente para la aldea.
Tenía un hambre de mil demonios, así que entré en la habitación como pude, aparté un poco la cama, encontré el cassette y me fuí a la cocina a pelar patatas. Pero al abrir la puerta de la cocina un olor muy fuerte atacó mi nariz. Y ahí estaba Eneko, maullándome avergonzado y bajando la cabeza.
-¿Qué has hecho?¿Dónde te has meado?
Mierda. Abrí la alacena debajo del fregadero y vaya peste. Se había meado en la caja de las patatas. Cuando se enterara mi madre nos iba a matar. Mi cena. Ya no sabía si matarlo yo ahora. Saqué la caja con cuidado para no mancharme, pero me mojé las manos igual. Eneko me maullaba como si estuviera loco. Puse la caja encima de unos periódicos, y lo metí todo en una bolsa grande. Fuí al servicio a lavarme las manos, mientras me cagaba en todos los santos. Eneko debió seguirme, porque por el rabillo del ojo ví reflejada en el espejo la cortina de la ducha, que se movía, y pequeñitos ruidos dentro de la bañera. Siempre se iba a beber a todos los sitios menos a su plato. Las cortinas se movían hacia abajo, seguro que porque el gato las había enganchado con las uñas. Así que sí, ¿eh? En cuanto me seque te voy a enseñar yo a arañar cortinas. Y a mearte en las patatas. Te vía ahogar en la bañera. Cerré el grifo y escuché las llaves en la puerta. Me volví para sacar a Eneko de la bañera (otro motivo para que mi madre nos matara), pero el gato ya debió de darse cuenta, porque había dejado de moverlas. Extendí el brazo para descorrer las cortinas y sacarlo, cuando lo ví en el pasillo, dirigiéndose a la puerta de entrada, maullando. Me quedé paralizado. Si Eneko estaba en el pasillo, ¿quién movía las cortinas?¿el aire? Lentamente mi mano tocó la cortina, y entonces Eneko se volvió hacia mí en el pasillo, se erizó completamente y lanzó un maullido bajo y prolongado, mirando hacia la cortina, dando un par de pasos hacia atrás. Escuchaba las llaves dando la última vuelta en la cerradura. Eneko bufaba ahora. Lentamente alejé la mano de la cortina, y una sensación de miedo me hizo dar un paso atrás y apoyarme en el lavabo, mientras intentaba distinguir alguna forma dentro de la bañera. Empecé a pensar que alguien había entrado en casa y que se había escondido allí. Mi madre abrió la puerta de la calle. No puedo ni imaginarme lo que debió pensar al vernos. Eneko que ni le hacía caso mirando hacia el baño, totalmente erizado y bufando, y yo con cara de flipado y mirando a la bañera.
-¿Qué haces?
La voz de mi madre me sacó de mi miedo. Todo parecía una tontería y el propio Eneko se giró hacia ella y al verla salió pitando hacia la cocina. Fue como si nos hubieran despertado de una pesadilla idiota. Dí un paso y descorrí la cortina con fuerza dispuesto a darle una paliza a cualquier ladrón muerto de hambre que se hubiera escondido en la bañera. Pero no había nadie.
-¿A qué huele aquí?-Oh, mierda, pensé.
Mi madre pilló un rebote del quince, y con razón. Me dijo que ya podía ir a capar al gato porque lo que estaba haciendo era marcar el territorio, y que si no lo capaba, lo llevaba para la aldea, que en casa no podía estar así y bla bla bla bla bla... Yo le decía a todo que sí. ¿Qué más podía decir? La verdad es que tenía razón, pero me cabreaba que no parara de encontrar cosas malas que soltarme sobre el gato. Y mientras, Eneko escondido en la terraza, totalmente calladito. Mi madre no paraba de hablar y hablar.
-Bueno, qué, ¿para qué has subido?- le tuve que decir.
-Para recoger mi abrigo, que lo dejé en la sala.
-Pues venga. Cógelo y márchate. Ya arreglaré yo esto.
Fui detrás de ella por la casa, y me quedé contra la puerta de la sala, mirando a mi madre por el reflejo del espejo del pasillo. En el sillón al lado de la ventana había un abrigo tirado de cualquier manera, que abultaba bastante. Mi madre lo cogió y volvió a salir al pasillo.
-Dame la bolsa de la basura.
-Ya la bajo yo.
-No seas orgulloso, dáme la bolsa.
-Que ya la bajo yo luego, que he quedado y tengo que bajar igual.
-Bueno, no dejes salir al gato de la terraza.
No respondí y le abrí la puerta a mi madre. Al momento ya me estaba arrepintiendo de no haberle dado la bolsa de la basura.
-Ten sentidiño, ¿vale?
No sé qué tontería le respondí y cerré la puerta. Sí, le tendría que haber dado la bolsa con las patatas, porque no tenía ganas de bajar luego. Maldito orgullo.
Aún con la mano en el pomo, me volví hacia el cuarto de baño. Lo de antes tuvo que haber sido una tontería. Eneko habría salido de la bañera antes de que yo lo viera. ¿Pero porqué bufaría?
Empecé a andar hacia el cuarto de baño. La puerta estaba abierta y la cortina volvía a tapar la ducha. No recordaba haberla cerrado, pero tampoco lo contrario. Qué silencio. La adrenalina nacía desde mi estómago y empujaba mis pies hacia el baño, aunque mi cabeza no estaba tan segura. Descorrí la cortina rápidamente y no había nada. Me volví y me apoyé en el lavabo. Me miré en el espejo y empecé a ponerme caras. Era divertido, y liberaba tensión. Pero pronto no podía dejar de mirar en el reflejo, a la bañera. Un pensamiento infantil y miedoso esperaba que algún zombi se levantara detrás de mí. Procuré que el miedo no me paralizara y salí rápidamente del baño. Se estaba haciendo de noche y tuve que encender la luz del pasillo. El gato me llamaba, encerrado en la terraza. Abrí la puerta de la cocina y después la de la terraza. Eneko seguía maullándome y fui a echarle comida. Después tuve que ir a la nevera para ver qué había para mí. Bueno, pan bimbo y mantequilla para unas buenas tostadas. Eneko salió de la terraza y quiso meterse en la nevera. Lo levanté en el aire cogiéndolo de la piel y lo tiré a un lado. Después empecé a sacarme las botas y él empezó a morderme los cordones. ¿Quieres guerra, eh? Estuvimos jugando tirados en el suelo un buen rato. Me senté en el suelo apoyado contra la nevera y empecé a boxear con el gato. Y de repente él paró, y se puso a mirar por encima de mi hombro, a la puerta de la cocina. Ya estaba, el zombi estaría acechando y en cuanto yo me diera la vuelta lo vería, sin pestañas, y con sus manos huesudas amenazándome. No me atrevía a girarme y ver si de verdad estaba lo que me imaginaba. Eneko no paraba de mirar hacia la puerta. Yo contenía la respiración. Eneko saltó hacia la puerta y una mosca esquivó el zarpazo. Me volví rápido y allí no había zombi alguno, sólo un gato juguetón y un insecto que revoloteaba y se cagaba en los muertos del gato. La verdad es que el fantasma de la bañera empezaba a defraudarme, y Eneko ahora pasaba de mí, y se divertía intentando cazar la pobre mosca. Cogí una mandarina del frutero y me fuí a la habitación. Aparté la cama para poder sentarme enfrente al ordenador, y me puse un poco de música mientras pelaba la mandarina con total parsimonia.
Fumé y estuve tocando la guitarra hasta que se me rompió una cuerda. Me tiré en cama y fuera empezaba a llover. Me acordé de las goteras y pensé que quizas los tipos del desván ya se habían ido a su casa. Me calcé otra vez, cogí la bolsa de la basura, la bajé al contenedor y a la vuelta, subí al desván. No estaba cerrado, pero tampoco parecía haber nadie. No se veía nada y encendí el mechero, pero la llama me cegaba más que otra cosa, y si levantaba el brazo para apartarlo de los ojos, chocaba contra el techo. Guardé el mechero y saqué el móvil del bolsillo. La pantalla y las teclas alumbraban lo suficiente. Bien, bien, lo habían dejado perfecto, igual de bajito, pero perfecto. Uralita nueva y vigas nuevas, en vez de aquellas de madera que se movían con la cabeza. Me adentré más y ví que había bastante claridad. Me metí en la siguiente habitación y habían puesto uralita transparente. Las luces de la calle iluminaban lo justo, y émpecé a meterme el móvil en el bolsillo, pero tropezó con mi chaqueta y se me cayó al suelo, justo debajo de la transparente. Veía poco, pero me agaché y empecé a palpar, buscándolo. En poco tiempo mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y la luz de fuera me bastaba. El móvil estaba casi al fondo, entre el techo y el suelo, y como el ángulo se estrechaba cada vez más, tuve que tirarme completamente para cogerlo. Lo agarré justo cuando algo me tapó la luz. Me levanté rápidamente y una viga me dió en la cabeza. Me impresionó el ruido que hizo contra mi craneo. Caí hacia atrás, debajo de la uralita transparente. Me tapé la cabeza con las manos y me retorcí por el suelo. El móvil me volvió a caer. Cómo dolía, en serio. Toqué y parecía que no había sangre. Me senté en el suelo y estaba completamente atontado. No veía nada. Entonces volvió la luz de la calle, miré hacia arriba rápidamente y me pareció que una sombra desaparecía por el lado de fuera del tejado. Empecé a sentir un miedo increible, y un escalofrío bajó desde el golpe de la cabeza hasta los meñiques de los pies. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Realmente había algo?¿Me iba a quedar a averiguarlo? No. Mi mano tropezó con mi móvil, lo cogí y empecé a gatear a toda ostia hacia las escaleras. El golpe me latía mientras cerraba la puerta del desván y llegaba hasta la de mi casa.
Entré en la sala, abrí la persiana y miré hacia arriba. Nada. Y abajo menos. Ni un alma en las calles. Volví a la puerta y eché los tres cerrojos. Apagué la luz del pasillo e intenté ver por la mirilla si alguien bajaba del desván. Nada. Nadie subía ni bajaba para ningún lado. Volví a encender la luz del pasillo y me ví en el espejo y me empecé a reir. Jajaja, un hombretón como yo y estaba completamente cagado. Apagué la luz otra vez y me reté a mirarme en el espejo con la única luz que venía de la ventana de la sala. Durante un rato estuve pensando en espíritus y otros entes raros, y los desafiaba con la mente a que se me aparecieran en la oscuridad, porque este hombretón les iba a dar una paliza de muerte. Justo en el instante en que mi miedo me abandonaba completamente, miré en el reflejo hacia la sala y me fijé en un bulto que había tirado de cualquier manera en el sillón de al lado de la ventana. La oscuridad me engañaba y mi imaginación empezó a darle forma al bulto hasta convertirlo en una persona sentada y mirándome. Pero es que ahora parecía de verdad una persona. El miedo volvía. Luché conmigo para intentar convencerme de que ahí no había nadie. De que Eneko era el que estaba en la bañera, y de que una gaviota o algo parecido estaba en el tejado. Y de que en la sala sólo estaba el abrigo de mi madre... el abrigo que se había llevado para la aldea. Justo cuando iba a encender la luz, vi por el espejo algo que se levantaba del sillón. La persona que yo había creado, estaba ahí realmente. No había sido mi imaginación, estaba levantándose y venía hacia mí. Ni pude encender la luz. Salí corriendo hacia mi habitación, salté por encima de la cama, la cogí por el otro lado y la empujé hacia la puerta, cerrándola. Eso aquí ya no entraba. Me tiré en suelo debajo de la ventana, en el punto más lejano de la puerta y busqué mi movil. Empecé a teclear el teléfono de la policía. Me llevé el movil a la oreja, pero no pasaba nada. Lo acerqué a la luz de la calle y ví que estaba apagado. Intenté encenderlo, pero nada. Sin muchas ganas, me acerqué a la puerta para darle al interruptor de la luz. Pero tampoco se encendía. Le dí arriba y abajo tantas veces que parecía que lo iba arrancar. Y algo golpeó la puerta desde el otro lado. Un bum enorme, y luego otro más grande. Salté al otro lado de la cama y puse mis pies contra el somier y la espalda contra la pared. No podía dejar que la cama se moviera, aunque de todos modos, lo que estuviera golpeando desde el pasillo no sabía lo que era un pomo. Empecé a gritar auxilio como un loco, para que alguien, un vecino o un peatón me escucharan. Con una piedra de cuarzo que me decoraba realmente bien la mesa, empecé a golpear el suelo para que los del 4º se hartaran y subieran. Acabaron los golpes en la puerta, y yo también paré. Entonces empecé a escuchar a Eneko, maullando fuera en el pasillo, después un maullido grave y largo y después un bufido. Después ya no escuché nada. Sí, algo que se estrellaba contra la pared una y otra vez. Luego se caía al suelo. Silencio. Aquello me había matado a Eneko. Lo habría cogido y le habría roto la cabeza contra la pared. Ni me moví. Empecé a llorar como un niño durante un buen rato. Me tapé la cara con las manos y mientras apoyaba la frente en las rodillas, desee dormirme y que mañana sólo fuera una maldita pesadilla.
A las pocas horas levanté la cabeza. Me dolía el golpe y parecía que tenía resaca. Estaba tirado en el suelo, y la cama ya no estaba contra la puerta, sino en su posición natural, es decir, en cualquier otro lado. Miré el móvil y estaba encendido, al igual que el ordenador. Parecía que lo único que estaba mal era yo. Me acerqué a la puerta y le dí al interruptor. Luz. Bien, soy un gilipollas con pesadillas. O en su defecto, alguien había entrado en mi habitación separando la cama de la puerta, sin que yo me enterara. Me inclinaba por lo primero. Eché la mano al pomo y lo giré completamente muy despacio. Más despacio todavía, tire de la puerta hacia atrás. Ninguna mano de zombi me atacó ni ninguna cabeza rara salió de golpe desde el pasillo. Estaba todo oscuro y fui a encender la luz para poder llegar a la terraza y ver cómo estaba Eneko. Pero al dar dos pasos pisé algo blando y caí. Escuché que algo se revolvía en el suelo y un maullido lastimero salía de él. Intenté tocar a Eneko y mis manos resbalaron en un charco de algo y en la cabeza del gato totalmente mojada y caliente. En el desván escuché pisadas rápidas que salían a las escaleras. No, no, no, no. Me levanté lo más rápido que pude y cogí a Eneko, que por lo menos todavía se quejaba. Las pisadas ya llegaban a la puerta, y yo sólo pude pensar en la terraza. Doblé corriendo hacia la cocina mientras pensaba que si aquello había estado en mi habitación, ¿para qué volvía? ¿Qué me quería? Desde luego, viendo el estado de Eneko, nada bueno. Llegué a la terraza y abrí las ventanas. A metro y poco a la izquierda y otro tanto hacia abajo estaba el tejado del otro edificio. Eneko ya sabía lo que era volar, y me acordé que de aquella ya había demostrado tener la cabeza muy dura. Lo lancé hacia el tejado y cayó de lado, pero bien. Oí la puerta de la cocina abrirse. Puse un pie en el alfeizar y luego el otro. Me agarré al aluminio y me entró vertigo. Miré hacia Eneko, que estaba intentando ponerse de pie. Escuché la puerta de la terraza, miré hacia abajo y los cinco pisos que me separaban del suelo, luego otra vez hacia Eneko, que sólo estaba a un metro. Algo tras mi espalda me quería coger. Cogí impulso y salté. Caí en el otro tejado y la humedad y la inclinación me hicieron resbalar hasta la canaleta, donde apoyé un pié. Me volví hacia mi terraza y allí no había nadie. La canaleta se partió y empecé a caer. Mis piernas quedaron en el aire y después me corté el culo y la espalda con el borde de la tubería rota. Y a pesar del inmenso dolor, sólo pensaba en que el suelo se acercaba cada vez más y más rápido. Noté mis huesos salirse de las piernas, mis brazos quedar incrustados en mis costillas y mi craneo explotar. Y todo haciendo un ruido enorme. Lo último que pude pensar fue que me había cargado el suelo.
Tenía un hambre de mil demonios, así que entré en la habitación como pude, aparté un poco la cama, encontré el cassette y me fuí a la cocina a pelar patatas. Pero al abrir la puerta de la cocina un olor muy fuerte atacó mi nariz. Y ahí estaba Eneko, maullándome avergonzado y bajando la cabeza.
-¿Qué has hecho?¿Dónde te has meado?
Mierda. Abrí la alacena debajo del fregadero y vaya peste. Se había meado en la caja de las patatas. Cuando se enterara mi madre nos iba a matar. Mi cena. Ya no sabía si matarlo yo ahora. Saqué la caja con cuidado para no mancharme, pero me mojé las manos igual. Eneko me maullaba como si estuviera loco. Puse la caja encima de unos periódicos, y lo metí todo en una bolsa grande. Fuí al servicio a lavarme las manos, mientras me cagaba en todos los santos. Eneko debió seguirme, porque por el rabillo del ojo ví reflejada en el espejo la cortina de la ducha, que se movía, y pequeñitos ruidos dentro de la bañera. Siempre se iba a beber a todos los sitios menos a su plato. Las cortinas se movían hacia abajo, seguro que porque el gato las había enganchado con las uñas. Así que sí, ¿eh? En cuanto me seque te voy a enseñar yo a arañar cortinas. Y a mearte en las patatas. Te vía ahogar en la bañera. Cerré el grifo y escuché las llaves en la puerta. Me volví para sacar a Eneko de la bañera (otro motivo para que mi madre nos matara), pero el gato ya debió de darse cuenta, porque había dejado de moverlas. Extendí el brazo para descorrer las cortinas y sacarlo, cuando lo ví en el pasillo, dirigiéndose a la puerta de entrada, maullando. Me quedé paralizado. Si Eneko estaba en el pasillo, ¿quién movía las cortinas?¿el aire? Lentamente mi mano tocó la cortina, y entonces Eneko se volvió hacia mí en el pasillo, se erizó completamente y lanzó un maullido bajo y prolongado, mirando hacia la cortina, dando un par de pasos hacia atrás. Escuchaba las llaves dando la última vuelta en la cerradura. Eneko bufaba ahora. Lentamente alejé la mano de la cortina, y una sensación de miedo me hizo dar un paso atrás y apoyarme en el lavabo, mientras intentaba distinguir alguna forma dentro de la bañera. Empecé a pensar que alguien había entrado en casa y que se había escondido allí. Mi madre abrió la puerta de la calle. No puedo ni imaginarme lo que debió pensar al vernos. Eneko que ni le hacía caso mirando hacia el baño, totalmente erizado y bufando, y yo con cara de flipado y mirando a la bañera.
-¿Qué haces?
La voz de mi madre me sacó de mi miedo. Todo parecía una tontería y el propio Eneko se giró hacia ella y al verla salió pitando hacia la cocina. Fue como si nos hubieran despertado de una pesadilla idiota. Dí un paso y descorrí la cortina con fuerza dispuesto a darle una paliza a cualquier ladrón muerto de hambre que se hubiera escondido en la bañera. Pero no había nadie.
-¿A qué huele aquí?-Oh, mierda, pensé.
Mi madre pilló un rebote del quince, y con razón. Me dijo que ya podía ir a capar al gato porque lo que estaba haciendo era marcar el territorio, y que si no lo capaba, lo llevaba para la aldea, que en casa no podía estar así y bla bla bla bla bla... Yo le decía a todo que sí. ¿Qué más podía decir? La verdad es que tenía razón, pero me cabreaba que no parara de encontrar cosas malas que soltarme sobre el gato. Y mientras, Eneko escondido en la terraza, totalmente calladito. Mi madre no paraba de hablar y hablar.
-Bueno, qué, ¿para qué has subido?- le tuve que decir.
-Para recoger mi abrigo, que lo dejé en la sala.
-Pues venga. Cógelo y márchate. Ya arreglaré yo esto.
Fui detrás de ella por la casa, y me quedé contra la puerta de la sala, mirando a mi madre por el reflejo del espejo del pasillo. En el sillón al lado de la ventana había un abrigo tirado de cualquier manera, que abultaba bastante. Mi madre lo cogió y volvió a salir al pasillo.
-Dame la bolsa de la basura.
-Ya la bajo yo.
-No seas orgulloso, dáme la bolsa.
-Que ya la bajo yo luego, que he quedado y tengo que bajar igual.
-Bueno, no dejes salir al gato de la terraza.
No respondí y le abrí la puerta a mi madre. Al momento ya me estaba arrepintiendo de no haberle dado la bolsa de la basura.
-Ten sentidiño, ¿vale?
No sé qué tontería le respondí y cerré la puerta. Sí, le tendría que haber dado la bolsa con las patatas, porque no tenía ganas de bajar luego. Maldito orgullo.
Aún con la mano en el pomo, me volví hacia el cuarto de baño. Lo de antes tuvo que haber sido una tontería. Eneko habría salido de la bañera antes de que yo lo viera. ¿Pero porqué bufaría?
Empecé a andar hacia el cuarto de baño. La puerta estaba abierta y la cortina volvía a tapar la ducha. No recordaba haberla cerrado, pero tampoco lo contrario. Qué silencio. La adrenalina nacía desde mi estómago y empujaba mis pies hacia el baño, aunque mi cabeza no estaba tan segura. Descorrí la cortina rápidamente y no había nada. Me volví y me apoyé en el lavabo. Me miré en el espejo y empecé a ponerme caras. Era divertido, y liberaba tensión. Pero pronto no podía dejar de mirar en el reflejo, a la bañera. Un pensamiento infantil y miedoso esperaba que algún zombi se levantara detrás de mí. Procuré que el miedo no me paralizara y salí rápidamente del baño. Se estaba haciendo de noche y tuve que encender la luz del pasillo. El gato me llamaba, encerrado en la terraza. Abrí la puerta de la cocina y después la de la terraza. Eneko seguía maullándome y fui a echarle comida. Después tuve que ir a la nevera para ver qué había para mí. Bueno, pan bimbo y mantequilla para unas buenas tostadas. Eneko salió de la terraza y quiso meterse en la nevera. Lo levanté en el aire cogiéndolo de la piel y lo tiré a un lado. Después empecé a sacarme las botas y él empezó a morderme los cordones. ¿Quieres guerra, eh? Estuvimos jugando tirados en el suelo un buen rato. Me senté en el suelo apoyado contra la nevera y empecé a boxear con el gato. Y de repente él paró, y se puso a mirar por encima de mi hombro, a la puerta de la cocina. Ya estaba, el zombi estaría acechando y en cuanto yo me diera la vuelta lo vería, sin pestañas, y con sus manos huesudas amenazándome. No me atrevía a girarme y ver si de verdad estaba lo que me imaginaba. Eneko no paraba de mirar hacia la puerta. Yo contenía la respiración. Eneko saltó hacia la puerta y una mosca esquivó el zarpazo. Me volví rápido y allí no había zombi alguno, sólo un gato juguetón y un insecto que revoloteaba y se cagaba en los muertos del gato. La verdad es que el fantasma de la bañera empezaba a defraudarme, y Eneko ahora pasaba de mí, y se divertía intentando cazar la pobre mosca. Cogí una mandarina del frutero y me fuí a la habitación. Aparté la cama para poder sentarme enfrente al ordenador, y me puse un poco de música mientras pelaba la mandarina con total parsimonia.
Fumé y estuve tocando la guitarra hasta que se me rompió una cuerda. Me tiré en cama y fuera empezaba a llover. Me acordé de las goteras y pensé que quizas los tipos del desván ya se habían ido a su casa. Me calcé otra vez, cogí la bolsa de la basura, la bajé al contenedor y a la vuelta, subí al desván. No estaba cerrado, pero tampoco parecía haber nadie. No se veía nada y encendí el mechero, pero la llama me cegaba más que otra cosa, y si levantaba el brazo para apartarlo de los ojos, chocaba contra el techo. Guardé el mechero y saqué el móvil del bolsillo. La pantalla y las teclas alumbraban lo suficiente. Bien, bien, lo habían dejado perfecto, igual de bajito, pero perfecto. Uralita nueva y vigas nuevas, en vez de aquellas de madera que se movían con la cabeza. Me adentré más y ví que había bastante claridad. Me metí en la siguiente habitación y habían puesto uralita transparente. Las luces de la calle iluminaban lo justo, y émpecé a meterme el móvil en el bolsillo, pero tropezó con mi chaqueta y se me cayó al suelo, justo debajo de la transparente. Veía poco, pero me agaché y empecé a palpar, buscándolo. En poco tiempo mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, y la luz de fuera me bastaba. El móvil estaba casi al fondo, entre el techo y el suelo, y como el ángulo se estrechaba cada vez más, tuve que tirarme completamente para cogerlo. Lo agarré justo cuando algo me tapó la luz. Me levanté rápidamente y una viga me dió en la cabeza. Me impresionó el ruido que hizo contra mi craneo. Caí hacia atrás, debajo de la uralita transparente. Me tapé la cabeza con las manos y me retorcí por el suelo. El móvil me volvió a caer. Cómo dolía, en serio. Toqué y parecía que no había sangre. Me senté en el suelo y estaba completamente atontado. No veía nada. Entonces volvió la luz de la calle, miré hacia arriba rápidamente y me pareció que una sombra desaparecía por el lado de fuera del tejado. Empecé a sentir un miedo increible, y un escalofrío bajó desde el golpe de la cabeza hasta los meñiques de los pies. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Realmente había algo?¿Me iba a quedar a averiguarlo? No. Mi mano tropezó con mi móvil, lo cogí y empecé a gatear a toda ostia hacia las escaleras. El golpe me latía mientras cerraba la puerta del desván y llegaba hasta la de mi casa.
Entré en la sala, abrí la persiana y miré hacia arriba. Nada. Y abajo menos. Ni un alma en las calles. Volví a la puerta y eché los tres cerrojos. Apagué la luz del pasillo e intenté ver por la mirilla si alguien bajaba del desván. Nada. Nadie subía ni bajaba para ningún lado. Volví a encender la luz del pasillo y me ví en el espejo y me empecé a reir. Jajaja, un hombretón como yo y estaba completamente cagado. Apagué la luz otra vez y me reté a mirarme en el espejo con la única luz que venía de la ventana de la sala. Durante un rato estuve pensando en espíritus y otros entes raros, y los desafiaba con la mente a que se me aparecieran en la oscuridad, porque este hombretón les iba a dar una paliza de muerte. Justo en el instante en que mi miedo me abandonaba completamente, miré en el reflejo hacia la sala y me fijé en un bulto que había tirado de cualquier manera en el sillón de al lado de la ventana. La oscuridad me engañaba y mi imaginación empezó a darle forma al bulto hasta convertirlo en una persona sentada y mirándome. Pero es que ahora parecía de verdad una persona. El miedo volvía. Luché conmigo para intentar convencerme de que ahí no había nadie. De que Eneko era el que estaba en la bañera, y de que una gaviota o algo parecido estaba en el tejado. Y de que en la sala sólo estaba el abrigo de mi madre... el abrigo que se había llevado para la aldea. Justo cuando iba a encender la luz, vi por el espejo algo que se levantaba del sillón. La persona que yo había creado, estaba ahí realmente. No había sido mi imaginación, estaba levantándose y venía hacia mí. Ni pude encender la luz. Salí corriendo hacia mi habitación, salté por encima de la cama, la cogí por el otro lado y la empujé hacia la puerta, cerrándola. Eso aquí ya no entraba. Me tiré en suelo debajo de la ventana, en el punto más lejano de la puerta y busqué mi movil. Empecé a teclear el teléfono de la policía. Me llevé el movil a la oreja, pero no pasaba nada. Lo acerqué a la luz de la calle y ví que estaba apagado. Intenté encenderlo, pero nada. Sin muchas ganas, me acerqué a la puerta para darle al interruptor de la luz. Pero tampoco se encendía. Le dí arriba y abajo tantas veces que parecía que lo iba arrancar. Y algo golpeó la puerta desde el otro lado. Un bum enorme, y luego otro más grande. Salté al otro lado de la cama y puse mis pies contra el somier y la espalda contra la pared. No podía dejar que la cama se moviera, aunque de todos modos, lo que estuviera golpeando desde el pasillo no sabía lo que era un pomo. Empecé a gritar auxilio como un loco, para que alguien, un vecino o un peatón me escucharan. Con una piedra de cuarzo que me decoraba realmente bien la mesa, empecé a golpear el suelo para que los del 4º se hartaran y subieran. Acabaron los golpes en la puerta, y yo también paré. Entonces empecé a escuchar a Eneko, maullando fuera en el pasillo, después un maullido grave y largo y después un bufido. Después ya no escuché nada. Sí, algo que se estrellaba contra la pared una y otra vez. Luego se caía al suelo. Silencio. Aquello me había matado a Eneko. Lo habría cogido y le habría roto la cabeza contra la pared. Ni me moví. Empecé a llorar como un niño durante un buen rato. Me tapé la cara con las manos y mientras apoyaba la frente en las rodillas, desee dormirme y que mañana sólo fuera una maldita pesadilla.
A las pocas horas levanté la cabeza. Me dolía el golpe y parecía que tenía resaca. Estaba tirado en el suelo, y la cama ya no estaba contra la puerta, sino en su posición natural, es decir, en cualquier otro lado. Miré el móvil y estaba encendido, al igual que el ordenador. Parecía que lo único que estaba mal era yo. Me acerqué a la puerta y le dí al interruptor. Luz. Bien, soy un gilipollas con pesadillas. O en su defecto, alguien había entrado en mi habitación separando la cama de la puerta, sin que yo me enterara. Me inclinaba por lo primero. Eché la mano al pomo y lo giré completamente muy despacio. Más despacio todavía, tire de la puerta hacia atrás. Ninguna mano de zombi me atacó ni ninguna cabeza rara salió de golpe desde el pasillo. Estaba todo oscuro y fui a encender la luz para poder llegar a la terraza y ver cómo estaba Eneko. Pero al dar dos pasos pisé algo blando y caí. Escuché que algo se revolvía en el suelo y un maullido lastimero salía de él. Intenté tocar a Eneko y mis manos resbalaron en un charco de algo y en la cabeza del gato totalmente mojada y caliente. En el desván escuché pisadas rápidas que salían a las escaleras. No, no, no, no. Me levanté lo más rápido que pude y cogí a Eneko, que por lo menos todavía se quejaba. Las pisadas ya llegaban a la puerta, y yo sólo pude pensar en la terraza. Doblé corriendo hacia la cocina mientras pensaba que si aquello había estado en mi habitación, ¿para qué volvía? ¿Qué me quería? Desde luego, viendo el estado de Eneko, nada bueno. Llegué a la terraza y abrí las ventanas. A metro y poco a la izquierda y otro tanto hacia abajo estaba el tejado del otro edificio. Eneko ya sabía lo que era volar, y me acordé que de aquella ya había demostrado tener la cabeza muy dura. Lo lancé hacia el tejado y cayó de lado, pero bien. Oí la puerta de la cocina abrirse. Puse un pie en el alfeizar y luego el otro. Me agarré al aluminio y me entró vertigo. Miré hacia Eneko, que estaba intentando ponerse de pie. Escuché la puerta de la terraza, miré hacia abajo y los cinco pisos que me separaban del suelo, luego otra vez hacia Eneko, que sólo estaba a un metro. Algo tras mi espalda me quería coger. Cogí impulso y salté. Caí en el otro tejado y la humedad y la inclinación me hicieron resbalar hasta la canaleta, donde apoyé un pié. Me volví hacia mi terraza y allí no había nadie. La canaleta se partió y empecé a caer. Mis piernas quedaron en el aire y después me corté el culo y la espalda con el borde de la tubería rota. Y a pesar del inmenso dolor, sólo pensaba en que el suelo se acercaba cada vez más y más rápido. Noté mis huesos salirse de las piernas, mis brazos quedar incrustados en mis costillas y mi craneo explotar. Y todo haciendo un ruido enorme. Lo último que pude pensar fue que me había cargado el suelo.


4 Comments:
Oie, al Eneko no lo metas en tus movidas q no tiene la culpa de nada...
Solo una cosa...¿¿y los anuncios???esas cosas q se ponen para q puedas ir a hacer pipí o acercarte a la nevera...
P.D. Bonito final...un bien para la humanidad ^^
P.D. Es broooomaaaaaa
Rafa, creo k t dixen todo por msn, pero como critiko k non son, debo dicirche k.....esa cousa....eu...ben...dame vergoña dicircho....eu...confeso...tamen o vin...enrriba da miña cama...o principio pensei k era todo ese bulto de roupa k sempre acompaña as sabanas....pero logo...en fin...agora terei pesadelos.....xDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDDD
MOI BOOOOOOOOOOOAAAAAAAAAA, si señor, MOI BOOOOOOOAAAAAAA, e moi ben NARRADAAAAAAAAAAAA.........xDDDDDDDD
Asias, segue asi, agora txe custara superar ista, pero d seguro ko consegues....SIIIIIIIIIIIIIIIII....BOISIMAAAAAAA........xDDDDDDDDDDDDD
Ben, Rafa, queres un cometario negativo?...ala vai, pero ka condicion de k non entre a concurso...non me gustan os concursos.....xDDDDDD.
En fin.....ala vai enton.
O meu comentario e o seguinte:
Non pretendas k faga un comentario negativo sobre o teu texto, negome rotundamente, pork kreo k non hai negatividade nas cousas k fas....O meu comentario negativo vai cara a ti, valora os teus textos, son teus, os teus pensamentos, a tua imaxinacion, creando un mundo particular e unico...tan unico coma ti...asi k sta e a miña reprimenda...cara ti...cara non valorar o teu traballo como algo valido....non e o mellor texto do mundo, pero e un bo texto, e nos agasallas con el a os as k o desexamon ler...k maior agasallo podes dar k os teus pensamentos e os teus sentimentos? Ai,ai,ai,Rafa,Rafa, non sei o k pensaran as demais e os demais, so podo dicirche o k eu penso do teu texto(vease comentario anterior de spranza, e logs das conversas do msn...xDDDD)...asi k veña, ala, a seguir escribindo k se non me gusta cho digo.....polo momento vas moi ben......non pretendas k me invente un comentario negativo cando non vexo nada negativo no texto....o dito gracias por agasallarnos cas teus bits e bytes en forma de verbas divertidas, sarcasticas ou repletas de suspense e ironia......xDDDDDDDDD
quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio quiero mi premio...
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